Isabella
Las semanas que siguieron al descubrimiento del archivo I-17 fueron una obra maestra de simulación. Mi máscara de la Fénix, la devota, la amante obsesionada, nunca había sido tan impecable. Yo era la roca de Alejandro, su única fuente de paz en medio del caos corporativo que él mismo, sin saberlo, estaba tratando de contener. Me dedicaba a escucharlo con una paciencia casi maternal mientras despotricaba contra sus "socios desleales" de Frankfurt, alentándolo a ser más metódico, más implacable. Cada palabra que decía era una prueba de que el monstruo que él había creado era superior al hombre que me había acechado.
Yo estaba en el octavo mes. El peso del niño ya era una presencia física dominante, y la fecha límite de mi escape se acercaba con la velocidad de un tren de carga. Necesitaba que Park estuviera de mi lado, o al menos, que se quedara neutral cuando el momento llegara.
Alejandro, consumido por la venganza, se había vuelto curiosamente ciego a los detalles domésticos.