Siete meses. Siete meses de gestación y solo dos para que la ventana de mi escape se cerrara por completo. Sentía el peso del niño —mi Alejandro Jr., el heredero— moverse con una energía incesante, un recordatorio constante de que mi reloj biológico y mi tiempo como dueña de mi propia mente estaban a punto de agotarse.
La mañana se arrastraba en el búnker. Alejandro había partido a una conferencia en Nueva York, un viaje de negocios que yo misma había instigado, insistiendo en que la expansión a los mercados de tecnología era "vital" para el legado de nuestro hijo. Era una mentira calculada, la más grande que le había propinado a mi mentor. Su ausencia me daba la única moneda que importaba ahora: tiempo.
Me senté en el estudio, no en la silla de diseño, sino en la silla ejecutiva de Alejandro, frente a su escritorio de ébano. Abrí mi laptop encriptada, sintiendo el sudor frío en mis manos. La pantalla reflejaba la arquitectura legal del imperio, un laberinto de fideicomisos y cuentas