Isabella
El embarazo, que se suponía sería el evento más privado de mi vida, se había convertido en un asunto de Estado para Alejandro. Habíamos dejado atrás la etapa del disimulo, pues la curva de mi vientre era ya innegable bajo cualquier tela, incluso las más estructuradas de mis diseños. Yo estaba en el sexto mes, y el búnker se había transformado en un cuartel general dedicado a la seguridad fetal.
Alejandro había traído a un equipo de arquitectos para rediseñar la suite principal. La cama king-size fue reemplazada por una estructura sobredimensionada, más segura. Había instalado monitores ambientales y un sistema de purificación de aire de grado hospitalario. Su obsesión no era solo por mí; ahora era una tríada: yo, él y el futuro que latía bajo mi piel.
El día de la ecografía de género había sido planeado con la precisión de una operación militar. No iríamos a un hospital. Un equipo de los mejores especialistas volaría en un helicóptero privado, la sala de cine del búnker se co