Isabella
El trayecto fue un borrón de luces nocturnas y el silencio sofocante que se había instalado entre nosotros. Mi mano, entrelazada con la de Alejandro, se sentía entumecida, pero su calor era el único ancla que me impedía flotar a la deriva en el abismo de las revelaciones de Catalina. No había regresado a ser la Isabella de antes, la colegiala enamorada. Ahora era la cómplice, la refugiada, la que acababa de aceptar una verdad a medias sobre un magnate.
El sedán se detuvo en el subterrá