Debía de ser la tutora de Luis.
Cuando Regina entró, se percató de que había otra mesa contigua.
En la cabecera de aquella mesa se sentaba un individuo de unos sesenta o setenta años, de cabello cano: el esposo de la tutora.
Apenas tomaron asiento, alguien comentó con envidia:
—Luis Jiménez, ¡quién lo diría! Después de tantos años solo, consigues una novia tan guapa. Ya pensábamos que te ibas a quedar para vestir santos, ¡condenado a la soledad eterna!
—Así que no es que no pudieras, ¡es que ere