Al ver a Regina, el hombre de mediana edad se quitó el puro de la boca y arqueó una ceja.
—Así que tú eres su jefa. No te ves muy grande… Estás guapa, ¿eh? ¿Tienes novio?
Su mirada, malintencionada, la recorrió de arriba abajo. Regina contuvo la incomodidad y preguntó directamente:
—¿Se puede saber cómo fue que les llegó a deber cincuenta mil dólares?
—A ver, ¿a qué crees que se viene aquí? A apostar.
El sujeto respondió con una indiferencia pasmosa, como si viera algo así todos los días. Regina ya se lo imaginaba. Miró a Eva; la joven la observaba con los ojos enrojecidos y una actitud de culpa.
Su novio, por su parte, se quedaba cabizbajo, muerto de la vergüenza. Regina estaba furiosa, pero sabía que no era el momento ni el lugar para un sermón.
—Yo pago los cincuenta mil.
—Uf, cincuenta mil era antes. La cuenta ya subió.
Ella arrugó la frente.
—¿A qué te refieres?
—Significa que hay que sumar los intereses. Cincuenta mil es el capital. Con nuestra tasa, y contando el tiempo que llev