A Regina ni siquiera se le había cruzado por la mente esa posibilidad. Percibió la humillación en sus palabras y la asaltaron los recuerdos: su traición, el daño que le había hecho, el hijo que perdieron y, ahora, la forma en que la estaba presionando.
Apretó los puños y sus largas pestañas temblaron sin control. Con una voz desprovista de emoción, preguntó:
—¿Tú qué crees?
Gabriel, consumido por la furia, la mordió en los labios.
—La verdad, no pienso renunciar a tu cuerpo.
—Todavía no has acep