A Regina ni siquiera se le había cruzado por la mente esa posibilidad. Percibió la humillación en sus palabras y la asaltaron los recuerdos: su traición, el daño que le había hecho, el hijo que perdieron y, ahora, la forma en que la estaba presionando.
Apretó los puños y sus largas pestañas temblaron sin control. Con una voz desprovista de emoción, preguntó:
—¿Tú qué crees?
Gabriel, consumido por la furia, la mordió en los labios.
—La verdad, no pienso renunciar a tu cuerpo.
—Todavía no has aceptado mis condiciones…
Regina apoyó las manos en el pecho de él, luchando para que no la tocara. Él le sujetó las manos, pegándose a su piel.
—A partir de ahora, solo te vas a acostar conmigo. Vas a ser solo para mí. Y si me entero de que sigues viendo a ese actorucho, lo voy a matar.
Regina supo que, con eso, estaba aceptando.
Gabriel notó que la fuerza en sus manos disminuía, así que se inclinó y volvió a besarla. La besó con una intensidad que duró una eternidad, luego sus labios recorrieron s