Creía que él pediría comida a domicilio. Mientras ella estaba perdida en sus recuerdos, Gabriel preparó una cena completa y la sirvió en la mesa.
—Ya está listo.
Regina se levantó con incertidumbre y se acercó. Sobre la mesa había costillas, arroz a la mexicana y calabazas guisadas, y todo se veía bastante bien.
—Siéntate.
Gabriel sirvió arroz en dos platos y le puso uno enfrente. Regina no quería cenar con él, pero eso era mil veces preferible a tener que intimar con él.
Así que se sentó. Regresó a la cocina por un tazón hondo, le sirvió un poco de sopa y se lo puso a un lado.
La comida humeaba, y el aroma le despertó un hambre que no sabía que tenía. Sobre todo después de probar una cucharada de la sopa; estaba deliciosa y le abrió el apetito.
Mientras comiera, no tendría que hablar. Como no quería provocarlo, fue prudente y se terminó todo el arroz, además de comerse varias de las costillas.
Le encantaban, e incluso se acabó toda la sopa. Gabriel la observaba comer con tanto apetito