Regina lo vio entrar y se quedó inmóvil en el umbral. Pero si ya se había atrevido a tocar el timbre, era porque había dejado atrás todo su orgullo.
En ese momento, lo único que le importaba era que él ayudara a Sebastián a terminar su contrato. Total, ya no era ninguna ingenua. Habían hecho de todo, lo prohibido y lo permitido.
Regina se mordió el labio, forzándose a dar el paso. Entró y cerró la puerta con cuidado. Cuando la vio entrar a la sala, Gabriel se quitó el cigarrillo de los labios. En medio de una nube de humo, rio con suavidad y señaló el sofá frente a él.
—Siéntate. Hablemos.
Al ver su sonrisa atractiva, Regina sintió que le ardían las mejillas, dominada por la vergüenza. Le vino a la mente la llamada en la que, con toda seguridad, le había dicho que ni en sus sueños.
Y ahora era ella quien lo buscaba. Era una humillación.
Aun así, se acercó y tomó asiento. Gabriel observó su cuerpo tenso y su cara, que reflejaba una lucha interna. Le dio otra calada al cigarrillo, y su s