Antes de que se divorciaran, él fue hasta San Miguel solo para decirle que le costaba trabajo olvidarla. En ese momento, ella pensó que él empezaba a sentir algo.
Fue tan feliz. Pero después… la decepción fue tan grande como la alegría que había sentido. Gabriel la tenía rodeada con sus brazos, la mirada fija en ella.
—¿No me crees?
Regina sonrió sin alegría.
—Claro que te creo. ¿Cómo no te voy a creer? Quieres acostarte conmigo, te gusta usarme. ¿Se supone que debo sentirme halagada?
Remarcó las palabras “acostarte conmigo”, y en sus ojos brillaba burla y furia.
Gabriel le sostuvo la mirada y, con el semblante muy serio, le dijo:
—Me acuesto contigo porque te quiero.
Con otras mujeres, no podía. Regina no mostró ninguna expresión.
Bajó la cabeza y apoyó la quijada en el hombro de ella; su aliento cálido le rozó el cuello.
—Tú sabes a qué me refiero. Dijiste que querías encontrar a un hombre que te quisiera… Yo te quiero. Cumplo con lo que pides. Por favor, dame otra oportunidad.
Esta