Antes de que se divorciaran, él fue hasta San Miguel solo para decirle que le costaba trabajo olvidarla. En ese momento, ella pensó que él empezaba a sentir algo.
Fue tan feliz. Pero después… la decepción fue tan grande como la alegría que había sentido. Gabriel la tenía rodeada con sus brazos, la mirada fija en ella.
—¿No me crees?
Regina sonrió sin alegría.
—Claro que te creo. ¿Cómo no te voy a creer? Quieres acostarte conmigo, te gusta usarme. ¿Se supone que debo sentirme halagada?
Remarcó la