Un relámpago azul oscuro retumbó con estruendo en el cielo, y el diluvio cayó a cántaros, amenazando con ahogar la ciudad entera. Sebastián tenía la vista fija en la ventana, y arrugó la frente con preocupación.
Leo abrió la puerta y entró, dejando algo de comer en la mesita de centro frente a él.
—Come algo.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Dónde está?
Leo sabía a quién se refería. Se sentó en el sofá de enfrente y dijo, sin darle mucha importancia:
—Ya se fue.
La mirada de Sebastián perdió todo