Sebastián tenía una sala de juntas especial en esa área. Cerraron la puerta y se sentaron. La expresión de Leo era dura.
—¿De qué quieres hablar?
—¿Puedes contarme sobre el pasado de Sebastián?
Leo arrugó la frente.
—¿Qué pasado?
Regina guardó silencio un momento.
—Vi lo de internet… lo de ese tal Víctor Cabrera…
Leo la interrumpió.
—¿Acabas de mencionar eso frente a Sebastián?
—Sí.
Leo pateó la pata de la mesa con fuerza y le gritó:
—¡Te dije que no está bien! ¡¿Cómo se te ocurre sacar ese tema enfrente de él?! ¿En qué estabas pensando?
—Confío en él —respondió Regina.
—¿Que confías?
Leo hervía de coraje. Se recargó en el respaldo de la silla, sacó un cigarrillo y un encendedor del bolsillo, y lo prendió. Regina repitió:
—No creo que él sea ese tipo de persona.
—Y si Sebastián fuera así, ¿qué harías?
Se quedó paralizada. Se mordió el labio y las manos, que descansaban sobre sus rodillas, se cerraron sin que se diera cuenta. Leo arqueó una ceja con burla.
—Lo dejarías, ¿no?
La mente de