Regina se acercó, le quitó el cigarrillo de la mano y, sin más, lo apagó y lo tiró al bote de basura. Allí dentro, vio manchas de sangre.
Su mirada se desvió por instinto hacia la muñeca de Sebastián. Llevaba la mano izquierda vendada con una gasa blanca. Se agachó y le tomó la mano.
—¿Te lastimaste?
Sebastián mostró su molestia, retiró la mano de un tirón y la escondió detrás de la espalda.
—¡Lárgate!
Regina levantó la mirada y vio que su cara estaba ensombrecida por la tristeza. Su mirada ya no tenía la ternura de antes.
—¡Te dije que te largues! ¿No escuchas?
Estalló contra ella. Pero Regina no se movió. Al contrario, se levantó y se sentó a su lado. Al ver los materiales de curación sobre la mesita de centro, empezó a sospechar algo. Volteó a verlo.
Sintiéndose observado, Sebastián se puso de pie de un salto, listo para irse. Regina reaccionó, sujetándolo por la ropa. Sebastián se volteó y la miró desde arriba con una actitud amenazante.
—Suéltame.
Regina lo miró y se mordió el lab