A Regina se le detuvo el corazón. Soltó, casi sin pensar:
—¡Qué pretendes!
Antes de que él pudiera contestar, lo amenazó, aterrada:
—Te prohíbo que te metas con Sebastián. Si le haces algo, te juro que no te lo voy a perdonar nunca.
—Sebastián… Qué bonito le dices.
La voz de Maximiliano sonó venenosa al otro lado de la línea:
—Mientras más te importe, peor la va a pasar él. Te lo aseguro.
Regina apretó el celular con tanta fuerza que sintió un calambre en los dedos. Se obligó a respirar para calmarse.
—Esto no es el viejo oeste. No creas que porque tienes dinero puedes hacer lo que se te pegue la gana. Todo se paga en esta vida, ¿sabes?
Cambió de táctica, tratando de apelar a su conciencia. Buscaba desesperadamente las palabras correctas, tratando de mantener la calma.
—Yo no voy a volver contigo, pero en serio quiero que estés bien y que vivas tu vida, que no les des más preocupaciones a tus papás.
—Tranquila. No voy a hacer nada ilegal.
Cuando Regina empezaba a sentir un mínimo de al