La expresión de Regina era de absoluto rechazo.
—¿Qué haces aquí?
Maximiliano aplastó el cigarro que sostenía, avanzó con pasos resueltos hacia ella y, tras una mirada fugaz al hombre que estaba detrás de Regina, la aferró de la mano con brusquedad.
—¿Te acostaste con él, ¿verdad?
Sus ojos, proyectando su rabia, la taladraban con una furia descontrolada, una rabia que parecía querer consumirla.
Regina lo observó; su actitud era la de un esposo traicionado. Una risa cargada de amargura se dibujó