Pasados unos diez minutos, la puerta del salón privado se abrió y entraron varias personas. Eran puras caras conocidas. El último en entrar fue Sebastián.
Todos buscaron un lugar para sentarse. El asiento junto a Regina estaba vacío, y Sebastián lo ocupó con toda naturalidad. Ella se sintió un poco incómoda, pero los demás ya estaban más que acostumbrados. Ernesto saludó a Regina con una sonrisa amplia.
—Regi, ¿qué te pareció la presentación de nuestro Sebastián hoy?
—Estuvo muy bien —respondió