—¡No puedo ir más despacio! ¡Tengo que llevar al compa al hospi...!
—Ve más despacio.
El muchacho lo miró por el retrovisor con disgusto, pero aun así redujo la velocidad. Regina volteó a ver a Gabriel y presintió que algo no estaba bien. Pero él mantenía los ojos cerrados, recargado en el asiento. Ella no supo qué decir. No quería molestarlo, así que se quedó en silencio.
Casi media hora después, comenzó a reconocer los alrededores. El ir y venir de los carros y la gente caminando por las banqu