Regina confiaba bastante en sus habilidades culinarias; el otro día, cuando comió con Gabriel, él había disfrutado bastante la comida.
Hoy, era evidente que no tenía el mismo apetito que aquella vez.
Él no le contestó; con elegancia y calma, se dedicó a pelar camarones.
Regina insistió:
—¿Por qué no lo piensas? Podría cocinar para ti. No te cobraría nada, solo lo de la despensa, para los ingredientes. Así tendríamos resueltas la comida y la cena los dos. Piénsalo, te ahorrarías un montón compara