Al día siguiente, Regina abrió los ojos. La cama a su lado estaba vacía y fría, él se había ido hacía mucho.
Se quedó recostada un buen rato antes de levantarse. Corrió las cortinas y la luz del sol inundó la habitación.
Se estiró con ganas. Había dormido bien y se sentía de buen humor. Después de asearse en el baño, tomó su celular para ver la hora: ya eran las diez de la mañana.
De seguro ya estaba en el trabajo.
Abrió la puerta de su cuarto y se encontró con Gabriel, que entraba desde el balc