Antes de que Regina pudiera decir algo, Gabriel caminó hacia ella.
—Compré una pomada. Déjame ponértela.
—Espera.
Él dejó el medicamento sobre la mesa, fue a lavarse las manos y, al regresar, se sentó junto a Regina y tomó el tubo de pomada.
Ella se quedó mirándolo, sin saber qué decir.
Cuando los dedos de él tocaron su mejilla, sintió la frescura de la pomada extendiéndose sobre su piel. Regina observó la cara que tenía enfrente; su expresión era seria, pero sus movimientos eran suaves y seguro