Arturo le plantó una cachetada.
A pesar de su edad, no dejaba de ser un hombre, y la fuerza de su mano le dejó un ardor insoportable en la mejilla.
—¿No vas a estar contenta hasta destrozar nuestra familia?
La cachetada le volteó la cara. Se tocó la mejilla, con la mirada endurecida.
—Esta es su familia, no la mía.
—¡Vas a venir conmigo a la casa de los Solís a cancelar esta boda!
La exigencia de Arturo fue inflexible.
Regina sonrió por la ironía de la situación.
—Le juraste a mi mamá que nunca