Regina se sentó en el asiento del copiloto con una sonrisa radiante que dejaba claro su excelente humor.
Gabriel la observó y arqueó una ceja.
—¿Y qué tanto compraste?
Ella giró la cabeza para mirarlo, sonriendo.
—Te enseño cuando lleguemos a la casa.
La palabra "casa" lo tomó por sorpresa. Gabriel se quedó mirándola un instante, observando su sonrisa luminosa, antes de responder con un profundo y suave "sí".
De camino, pararon en el supermercado y bajaron juntos a comprar algunas cosas para la