Lieve estaba más que sorprendida; se sentía pasmada. Sus ojos no podían creer lo que estaban presenciando: Kyros no solo le rogaba que se quedara, sino que se había arrodillado ante ella, tomando sus manos en una súplica ferviente. La intensidad de su mirada dejaba claro el deseo que sentía por su respuesta.
—Esto es inaudito —dijo el general Davian, colocando una mano firme en el hombro de Kyros—. Eres el rey, ¿cómo te atreves a arrodillarte ante nadie, y menos ante una plebeya? —Apretó su ma