Esa mañana, Lieve despertó con el cuerpo pesado y la mente aún atrapada en el letargo. No había logrado dormir bien la noche anterior, y apenas los primeros rayos del sol se asomaron, Diana irrumpió en la habitación, descorriendo las cortinas con un movimiento decidido que inundó el espacio de luz y perturbó su sueño.
—Buenos días, señorita —la saludó con suavidad.
—Buenos días —respondió Lieve, incorporándose con lentitud y frotándose los ojos adormilada.
Diana avanzó hasta ella, sostenie