El grito desgarró la calma del bosque. Lyra se inclinó hacia adelante, las uñas hundiéndose en la tierra húmeda, y esta vez no se contuvo. El calor que había estado recorriendo sus venas finalmente explotó, rasgando su piel desde adentro. La loba emergió con un aullido que vibró en cada hoja, en cada rama, en cada hueso de su cuerpo.
Su visión se tiñó de dorado, los sonidos se amplificaron, y por primera vez sintió la libertad plena de su verdadera naturaleza. Corrió entre los árboles, veloz como el viento, los músculos tensándose con cada zancada. Era salvaje, imparable, un eco de lo que siempre había estado dormido dentro de ella.
Pero cuando regresó a su forma humana, el aire le faltaba y las lágrimas le nublaban los ojos. No eran de alegría, sino de angustia.
La visión había llegado con la transformación, la sangre en el suelo, los gritos de su madre, el cuerpo caído de su padre, el llanto del bebé. El recuerdo enterrado de aquella noche en que los vampiros destruyeron todo lo que