El todoterreno blindado rugía por la carretera de la costa, cortando la neblina marina como un proyectil. Dentro, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración agitada de Elora. Alaric conducía con una mano en el volante y la otra apretando el muslo de ella con una firmeza que bordeaba el dolor, marcando su posesión incluso en medio del caos.
—Si ella muere, será por tu arrogancia, Vance —soltó Alaric, su voz era un látigo de hielo—. Te advertí que no jugaras a las espías. Lysandra hu