Alaric Thorne observaba a Elora desde el otro lado de la mesa de mármol de la sala de juntas. Ella estaba radiante, vestida con un traje sastre que gritaba autoridad, desafiando a los hombres más poderosos de la ciudad con una sola mirada. Pero Alaric no escuchaba las cifras ni los planes de expansión. Él escuchaba el latido del corazón de Elora: rápido, vibrante, cargado de una adrenalina que lo excitaba y lo enfurecía a partes iguales.
Él sabía que ella le ocultaba algo. Podía oler el rastro