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La lluvia golpeaba los ventanales del piso 50 de la Torre Thorne con una violencia que parecía querer quebrar el cristal. Pero nada fuera de esa oficina era tan peligroso como lo que había dentro.
Elora Vance apretó la carpeta de cuero contra su pecho. Sus nudillos estaban blancos. Había trabajado para hombres poderosos antes, pero Alaric Thorne era... otra cosa. No era solo el dinero o el hecho de que fuera el CEO más joven y exitoso de la última década. Era esa aura de muerte estática que lo rodeaba. Entró en el despacho sin llamar. Sabía que él odiaba las formalidades innecesarias, o al menos eso se decía a sí misma para ocultar el hecho de que sus manos temblaban. —Son las doce y media de la noche, señor Thorne —dijo Elora, su voz firme a pesar del cansancio—. Aquí están las auditorías de las filiales europeas que exigió "con urgencia". Alaric no se movió. Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. Vestía un traje negro hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos y su postura impecable. La oficina estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor violáceo de los rayos que rasgaban el cielo de la ciudad. —Llegas tres minutos tarde, Elora —su voz era un susurro profundo, frío como el granito. —Hubo un fallo en el ascensor. Tuve que subir los últimos cinco pisos por las escaleras —respondió ella, dejando la carpeta sobre el escritorio de obsidiana con un golpe seco—. Si eso es todo, me retiro. Mi contrato dice claramente ocho horas, no dieciséis. Alaric se giró con una lentitud que hizo que a Elora se le erizara la piel. Su rostro era una obra maestra de ángulos crueles y belleza inhumana. Sus ojos, más oscuros que la noche misma, se clavaron en ella. No parpadeaba. Nunca lo hacía cuando estaban a solas. —Tu contrato dice lo que yo decida que diga —dijo él, dando un paso hacia ella. El aire en la habitación pareció congelarse. Elora sintió ese instinto primario de "correr o morir" gritando en su cabeza, pero se obligó a quedarse quieta. Había algo en Alaric que la repelía y la atraía como un imán roto. —¿Por qué me retiene aquí? —desafió ella, acortando la distancia— No me necesita para leer estos papeles. Odia que esté cerca. Lo veo en la forma en que me mira, como si fuera un insecto que quiere aplastar. ¿Entonces por qué no me despide de una vez? Alaric estuvo frente a ella en un parpadeo. No fue un movimiento humano; fue una mancha de sombra. Antes de que Elora pudiera reaccionar, él la había acorralado contra el borde del escritorio. Sus manos, frías como el hielo, se apoyaron a ambos lados de su cuerpo, atrapándola. —Tienes razón, Elora. Te odio —susurró él, inclinándose hasta que su aliento frío rozó la oreja de ella—. Odio el calor que emana de tu piel. Odio ese perfume dulce que marea mis sentidos. Pero sobre todo... odio el ruido que hace tu corazón. Alaric bajó la mirada hacia el cuello de Elora, donde su pulso latía desbocado, visible bajo la piel fina. Para él, ese latido era como un tambor de guerra, una invitación y un insulto a su naturaleza de depredador. —Es tan ruidoso... tan frágil —continuó él, y por un segundo, Elora juró que vio un destello rojizo en sus pupilas—. Un pequeño apretón y el ruido se detendría. Serías silencio. Serías mía. Elora sintió una oleada de miedo puro, pero también una chispa de rabia. Levantó la mano y empujó el pecho de Alaric. Fue como intentar mover una montaña de piedra. —Entonces hazlo —retó ella, con la respiración entrecortada—. Mátame o déjame ir. Pero deje de jugar con mi paciencia, señor Thorne. No soy su juguete. Alaric soltó una risa seca, carente de humor, y la agarró de la mandíbula con una fuerza que rozaba el dolor, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran garras invisibles que marcaban su propiedad. —No eres mi juguete, Vance. Eres mi castigo —la acercó más, hasta que sus labios casi se tocaron—. Mañana a las seis de la mañana. Y no quiero retrasos. Si vuelves a llegar tarde, te enseñaré lo que pasa cuando pierdo el hambre por la paciencia. La soltó tan bruscamente que ella tuvo que sujetarse del escritorio para no caer. Sin decir una palabra más, Alaric regresó a las sombras del ventanal, dándole la espalda otra vez, descartándola como si no fuera más que una molestia necesaria. Elora salió de la oficina con las piernas temblando y el corazón aún rugiendo en sus oídos. No sabía por qué seguía volviendo a ese edificio, pero mientras bajaba en el ascensor, se tocó el cuello, donde el frío de los dedos de Alaric todavía parecía quemarle la piel. _______________✧_______________ Oooh por los dioses que calor 🔥 Que tal le pareció el capítulo hágamelo saber dejando sus COMENTARIOS. Nos vemos el siguiente capítulo. Besos mis vampíricas 🖤






