El estruendo de la puerta al cerrarse todavía vibraba en las paredes de la suite de lujo cuando Alaric soltó el brazo de Elora. Ella tropezó, sus tacones hundiéndose en la alfombra de terciopelo, y tuvo que sujetarse del borde de una mesa de caoba para no caer. El aire en la habitación era pesado, cargado del aroma a incienso y de la furia gélida que emanaba del Monarca.
Alaric se arrancó la corbata de seda con un movimiento violento y la arrojó al suelo. Se giró hacia ella, y Elora sintió que