Obedezco su orden y me levanto del suave asiento de piel.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Vamos a jugar a un juego. —Ahora está en mi lado del coche, mirándome con una ceja enarcada y cara de pillo.
—¿Qué clase de juego? —Mi curiosidad resulta evidente.
—Ya lo verás. —Me toma de la mano y me dirige hasta la villa—. Espérame en el salón, donde la alfombra —me ordena. Me planta un beso y me deja desconcertada junto a la puerta de entrada.
¿Adónde va? Observo con el ceño fruncido cómo desaparece en direcc