Recorro el ático como una loca, registrando todos los cajones, todos los armarios, cualquier sitio donde creo que puede haberlas escondido, pero una hora después todavía no hay ni rastro de mis píldoras. En cambio, la casa está hecha un desastre. Me detengo cuando oigo sonar mi teléfono en la distancia, rastreo el sonido hasta que se detiene y me quedo en medio del inmenso espacio diáfano mientras miro a mi alrededor desesperada.
—¡Joder! —Me maldigo a mí misma, pero entonces el tono de