—¿Más? —pregunta con voz ronca.
Echo la cabeza atrás de nuevo.
—Sí —consigo decir antes de que vuelva a levantar las caderas. Cierro los ojos.
—Nena, mírame —me advierte deslizando la mano de vuelta a mi cintura.
Abro los ojos y veo que él tiene la mandíbula tensa y las venas del cuello hinchadas. Me levanta una y otra vez. Grito intentando no cerrar los ojos.
—¿Te gusta? —pregunta recompensándome con otra subida de caderas.
—¡Sí! —Tengo los nudillos blancos de agarrarme con tanta fuerz