Capítulo 127

—Despierta, señorita.

Cuando abro los ojos, tiene la nariz pegada a la mía.

Doy a mi cerebro unos momentos para ponerse en marcha y a mis ojos tiempo para adaptarse a la luz del día. Cuando al fin veo algo, resulta que distingo un brillo de alegría en sus ojos oscuros. Yo, por mi parte, quiero seguir durmiendo. Es sábado y ni siquiera mi necesidad de arrancarle la piel a tiras va a hacer que me mueva de esta cama en un buen rato.

Lo aparto y le doy la espalda.

—No te hablo —murmuro, y me a
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