Con delicadeza, recorro con la punta del dedo, arriba y abajo, la costura de su escroto. Los ligamentos del cuello se le tensan al máximo. Lo estoy disfrutando. Está indefenso, vulnerable, y yo tengo el control. A pesar de sus exigencias iniciales, que si arrodíllate, que si abre la boca, está totalmente a mi merced. Es un buen cambio, y no se me pasa por alto el hecho de que quiero complacerlo.
Soy vagamente consciente de que se abren las puertas del ascensor, pero decido ignorarlas. Estoy