Capítulo 100

Se le iluminan los ojos y me lanza una sonrisa arrebatadora.

—Está un poco fría —me avisa, y traza un sendero recto y descendente por el centro de mi cuerpo. Doy un respingo ante la frialdad inicial de la nata, que me cubre desde el cuello hasta donde comienza la pelvis. Sonríe y echa un poco más justo allí. Miro el largo sendero de bolitas blancas y siento que los pezones se me endurecen ante la proximidad del frío. Da un paso atrás y sus ojos bailan de felicidad.

—Un poco típico, ¿no?
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