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Capítulo 17: El Límite del Abismo

 

[Narrado por Mia Blackwood]

La mansión de los Valli era un monumento al exceso. Luces de neón púrpura bañaban el jardín, la música electrónica retumbaba en mis huesos y el olor a cloro de la piscina se mezclaba con el aroma del champán caro. Me sentía invencible. El vestido de malla plateada brillaba con cada paso, y aunque sentía la mirada de Liam grabada en mi nuca como un hierro al rojo vivo, me negaba a darle el gusto de girarme.

—Estás increíble, Mia —la voz de Max apareció junto a mi oído, cargada de una confianza renovada—. Pensé que después del numerito de tu guardián ayer, no te dejarían salir en un mes.

—Nadie me dice qué hacer, Max. Mucho menos un empleado —respondí, tomando una copa de cristal de una bandeja que pasaba. El líquido dorado bajó por mi garganta, dándome ese valor líquido que tanto necesitaba.

—Me gusta esa actitud —murmuró él, rodeando mi cintura con su brazo.

Fuimos a la pista de baile improvisada cerca de la piscina. Max no perdió el tiempo; se pegó a mi espalda, sus manos moviéndose con una libertad que me hacía sentir observada, pero seguí bailando. Sabía que Liam estaba a pocos metros, apoyado contra una estatua de mármol, con los brazos cruzados y esa expresión de piedra que ocultaba al volcán que yo misma había despertado en el coche... aunque no recordara los detalles, mi cuerpo sí parecía recordar su calor.

La música se volvió más lenta, más pesada. Max se giró para quedar frente a frente conmigo. Sus ojos estaban nublados por el alcohol y la lujuria.

—Sabes... ayer me dejaste con las ganas —susurró, estrechando el cerco alrededor de mi cintura. Sus manos bajaron peligrosamente por la malla de mi vestido, rozando la piel de mis muslos—. Tu perro no está aquí para salvarte ahora, ¿verdad?

Miré por encima del hombro de Max. Liam no se movía, pero su mandíbula estaba tan apretada que se le marcaban las venas del cuello. Sus ojos café se habían vuelto negros de pura furia. Era un duelo de voluntades, y yo estaba usando a Max como un peón en mi tablero de ajedrez.

—No necesito que nadie me salve —mentí, volviendo mi atención a Max.

Max se inclinó, acortando la distancia. Su aliento a alcohol me golpeó el rostro, un contraste desagradable con el recuerdo borroso del aroma a menta de Liam. Sus labios buscaron los míos, rozando la comisura de mi boca.

Cerré los ojos, esperando el impacto, esperando sentir algo que borrara la imagen de Donovan de mi mente. Max puso una mano en mi nuca, inclinando mi cabeza hacia atrás para sellar el beso. Estaba a un milímetro de lograrlo.

—Ni se te ocurra —la voz de Liam no fue un grito; fue un susurro letal que cortó la música en mis oídos.

Sentí una mano de acero cerrarse sobre el hombro de Max. En un movimiento que apenas pude seguir, Liam lo giró y lo empujó hacia atrás con una fuerza bruta que mandó al heredero de los Valli trastabillando contra una mesa de cristal. El estruendo de las copas rompiéndose atrajo las miradas de todos los invitados.

—¡Liam! —exclamé, tratando de recuperar el equilibrio mientras mis tacones flaqueaban.

—Se acabó el juego, Blackwood —siseó él, ignorando a Max, que intentaba levantarse con torpeza—. Me da igual si me odias, me da igual si me despides. Pero no voy a ver cómo te dejas pisotear por este imbécil mientras todavía tienes mi marca en tu piel.

—¿Tu marca? —pregunté, confundida, pero él no me dio tiempo de procesar nada.

Liam me atrapó por la cintura con una posesividad que me dejó sin aliento. Me pegó a su pecho, y por primera vez en toda la noche, sentí que mi corazón encontraba su ritmo. Su mano subió a mi cuello, sujetándome con una firmeza que bordeaba el dolor, obligándome a mirarlo.

—Sí, mi marca —repitió, y con un movimiento rápido, bajó un poco el cuello de su camisa, revelando la marca de dientes que yo misma le había dejado en el coche—. Tú me reclamaste ayer, Mia. Y yo no comparto lo que es mío.

El mundo a mi alrededor desapareció. El estruendo de la fiesta, las luces, mis amigas... todo se volvió borroso. Solo existía él, su aroma a peligro y la verdad devastadora de que la "princesa de cristal" no se había roto por la caída, sino por las manos del único hombre que se atrevía a domarla.

—Nos vamos —sentenció, y esta vez, no hubo forcejeos ni insultos.

Me dejó muda, con el corazón martilleando contra mis costillas, mientras me arrastraba hacia la salida de la mansión, reclamándome frente a todos como si yo fuera su posesión más valiosa.

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