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Capítulo 16: Fragmentos de una Guerra Perdida

 

[Narrado por Mia Blackwood]

Me desperté con la sensación de que mi cabeza era una campana siendo golpeada por un mazo de hierro. La luz del sol que se filtraba por las cortinas de mi habitación me resultaba un insulto personal. No recordaba cómo había llegado a mi cama. Lo último que mi mente registraba era el estruendo de los bajos en "The Vault", el olor a sudor y perfume, y la figura imponente de Liam Donovan abriéndose paso entre la multitud como un ángel exterminador.

Me toqué los labios. Estaban ligeramente hinchados, con un hormigueo extraño que no lograba explicar.

—Maldito alcohol —mascullé, arrastrándome fuera de las sábanas.

Me puse una bata de seda y bajé a desayunar, tratando de mantener la poca dignidad que me quedaba. Al entrar al comedor, la escena era la de siempre, pero el ambiente se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que se me erizara el vello de los brazos.

Liam estaba allí, de pie junto al ventanal, hablando en voz baja por su radio. Llevaba una camisa de cuello alto negra, algo extraño considerando el calor de la mañana. En cuanto entré, su voz se cortó. Se giró hacia mí y sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo retroceder un paso mentalmente. No había burla en su mirada hoy; había algo oscuro, algo que parecía una mezcla de posesión y reproche.

—Buenos días, Mia —dijo Cleo, observándome con una ceja arqueada—. Te ves... cansada. Liam dijo que tuviste que salir temprano del club porque te sentiste mal por la fiebre.

—Sí... algo así —mentí, sentándome y evitando mirar a Liam.

Me serví un café cargado, con las manos temblándome ligeramente. No recordaba el viaje de vuelta. ¿Me había desmayado? ¿Me había cargado él de nuevo? La laguna mental me ponía enferma.

De pronto, mi teléfono vibró sobre el mantel. Era una notificación de I*******m. Una invitación directa para una fiesta exclusiva esa misma noche en un "After-Party" privado en una mansión de las afueras. El mensaje era de Isabella.

Isabella: "¡Nena! Anoche el amargado de tu guardaespaldas nos arruinó la diversión, pero hoy no puede detenernos. Hay una fiesta secreta en la casa de campo de los Valli. Tienes que venir. Te paso la ubicación por privado. ¡Ponte algo que lo haga sufrir!"

Una chispa de rebelión se encendió en mi pecho, quemando la resaca. Si Liam creía que sacarme de un club a la fuerza iba a domesticarme, estaba muy equivocado.

—No tengo mucha hambre —anuncié, levantándome de la mesa bajo la mirada inquisidora de Dominic—. Voy a mi cuarto a estudiar.

—Asegúrate de estudiar, Mia —soltó Liam desde su rincón. Su voz era un rugido bajo—. No queremos que otro "ataque de fatiga" te sorprenda fuera de casa.

Lo ignoré, aunque el tono de su voz me envió un escalofrío por la espalda.

Pasé la tarde planeando mi fuga. Si él iba a ser mi sombra, yo iba a ser su peor pesadilla. Cerca de las diez de la noche, me encerré en el vestidor. Saqué un vestido que era poco más que un escándalo: un diseño de malla metálica plateada, cortísimo, que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel y dejaba mis piernas infinitas a la vista. Me puse unos tacones que me hacían sentir poderosa y me solté el cabello rojo, dejando que cayera en ondas salvajes sobre mis hombros.

Bajé las escaleras con la determinación de una reina yendo a la guerra.

Liam estaba en el vestíbulo, esperándome. Parecía que nunca dormía, nunca descansaba. Al verme bajar, sus ojos recorrieron cada centímetro de mi piel expuesta. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus manos se cerraban en puños a sus costados.

—¿Otra vez, Blackwood? —preguntó, y esta vez su voz vibraba con una furia que no intentaba ocultar—. ¿No aprendiste nada de lo de anoche?

—Aprendí que eres un dictador —respondí, pasando por su lado, dejando que mi perfume lo envolviera—. Pero las dictaduras siempre caen, Donovan. Me voy a la fiesta de los Valli. Y no, no te estoy pidiendo permiso.

Caminé hacia la salida, sintiendo el aire frío de la noche en mi piel, pero sobre todo, sintiendo la mirada de Liam quemándome la espalda. Escuché el sonido metálico de sus llaves.

—Entonces prepárate, Princesa —susurró él, apareciendo a mi lado y abriendo la puerta del coche con una brusquedad que delataba su falta de control—. Porque si quieres jugar con fuego en una fiesta privada, yo voy a ser el que se asegure de que seas tú la que termine quemada.

Me subí al coche, desafiante, sin saber que bajo ese cuello alto de su camisa, Liam ocultaba la marca de mis propios dientes, y que esta noche, la memoria que me faltaba estaba a punto de ser reemplazada por una realidad mucho más peligrosa.

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