Las luces del pasillo parpadeaban como estrellas moribundas cuando Matteo y yo salimos de la celda. Sus manos encadenadas rozaron las mías, una promesa silenciosa de que, sin importar lo que nos esperara al final de este pasillo, lo enfrentaríamos juntos. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un ritmo frenético que se acompasaba con las estridentes alarmas que resonaban en el centro de detención. El Arquitecto —el hombre tras la puerta gris, el titiritero que había puesto en marcha