Las campanas de la catedral seguían sonando, cada tañido resonando como una cuenta regresiva en el vasto salón manchado de sangre. Me quedé paralizada entre Matteo y el Hombre de la Puerta Gris, el mismo hombre que había apretado el gatillo aquella primera noche, la sombra que había acechado cada paso de nuestra pesadilla. Su sonrisa tranquila me heló la sangre.
El arma de Matteo estaba firme, apuntando directamente a la cabeza del hombre. «Tienes diez segundos para decirme por qué no debería p