La celda olía a lejía y desesperación. Unas frías luces fluorescentes zumbaban sobre nuestras cabezas, proyectando sombras duras sobre el suelo de cemento. Tenía las muñecas en carne viva por las esposas y el cuerpo me dolía por cada moretón y rasguño de bala que había acumulado en los últimos días. Pero nada de eso se comparaba con el vacío en mis brazos.
Se habían llevado a los bebés.
Recorría la pequeña celda como un animal enjaulado, con el corazón latiendo con una mezcla de terror y furia.