La camioneta atravesaba las carreteras secundarias de Georgia como una bala, sus faros rasgando la oscuridad. Me temblaban las manos mientras sujetaba el teléfono, el mensaje grabado a fuego en mis retinas. Uno de nuestros hijos —nuestra propia sangre— estaba en manos de «El Verdadero Legado». El otro dormía intranquilo en el portabebés a mi lado, con los puños apretados como si ya presintiera el peligro.
Los nudillos de Matteo estaban blancos sobre el volante. —Quieren que estés sola —dijo con