Camila parpadeó, aturdida por la furia cruda que emanaba de Luana. El aire en el pasillo pareció enfriarse al instante. Luana ya no era la mujer contenida de antes; era una leona protegiendo a su cría.
— ¿Adónde fue ese diablillo? Se fue sola — respondió Camila, con la voz saliendo gélida, como si la vida de una criatura fuera un mero detalle burocrático. No estaba mintiendo; la niña simplemente se había esfumado como el humo.
— La secuestraste, ¿cómo pudiste no saber? — Las palabras de Luana a