La pequeña Mia miró a Carlo con ojos brillantes y centelleantes, como si un cielo repleto de estrellas se hubiera despedazado para incrustarse en ellos, deslumbrante y radiante. ¡Estaba tan feliz! Sus pestañas largas y tupidas, como mariposas a punto de emprender el vuelo, enmarcaban sus ojos grandes que recordaban a dos uvas oscuras.
Luana miró a Carlo con impotencia; había vuelto a gastar dinero. Los juguetes con los que jugaban sus dos hijos, Lucca y Matteo, eran muy buenos y los mantenían e