Lucca ignoró por completo los comentarios a su alrededor. Arrastró una silla, se sentó frente al ordenador de la becaria y comenzó a teclear rápidamente.
Los compañeros intercambiaron miradas.
Aquello era ridículo.
¿Un niño de cinco años quería reparar un ordenador que ni siquiera el departamento de TI había revisado todavía?
La becaria también estaba nerviosa.
—Pequeño, esto es importante. Si le pasa algo a los archivos...
—Silencio —la interrumpió Lucca sin siquiera levantar la cabeza—.