Vivian ya estaba casi dormida sobre el hombro de Luana cuando escuchó unos pasos apresurados detrás de ellas.
—¡Luana!
La voz grave de Alessandro resonó por el pasillo que conducía a la salida del bar.
Luana ni siquiera giró la cabeza.
—No me sigas. No tenemos nada de qué hablar.
Alessandro redujo el paso solo cuando alcanzó a las dos mujeres.
—Vivian está borracha. No deberían regresar solas.
—Tenemos chófer y guardaespaldas.
—Aun así...
—Alessandro.
Finalmente, Luana se detuvo.
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