Romilda permanecía de pie al borde de una carretera oscura, lejos del exclusivo vecindario de los Cavanaugh. Respiraba rápida y entrecortadamente, como un animal acorralado.
El teléfono que sostenía en la mano estaba resbaladizo por el sudor frío. Ya no le quedaba efectivo. Matteo seguramente ya había bloqueado todas sus tarjetas de crédito. Y Anais, sin duda, había enviado a la policía o a investigadores privados para darle caza.
A Romilda solo le quedaba una última carta por jugar. No tenía o