—Señor Matteo —saludó Aaron al encontrarse frente a Matteo, extendiéndole la mano—. Es un gusto volver a verlo.
Matteo le devolvió el apretón de manos con firmeza.
—El gusto es mío, señor Aaron.
Sin embargo, aunque ambos hombres aparentaban ser amables y diplomáticamente corteses, entre ellos persistía una chispa de rivalidad imposible de ignorar. Mientras tanto, Rose, de pie entre los dos hombres, se veía incómoda y confundida. Permaneció en silencio, sin pronunciar una sola palabra.
—Vamos a