Fue una espera larga y tensa, en la que la casa, pese a sus gigantescas proporciones, parecía dividida en dos partes muy pequeñas. Una, ocupada por Rebeca y su aura, en los pasillos de las habitaciones y gran parte del segundo piso; la otra, con el centro en la cocina, era la de Luisa y María, que vigilaban el primer piso y las salidas de la casa.
—¿Quién irá por los niños? —preguntó Luisa mientras almorzaba en la cocina, con María, que pese a haber ofrecido un plato a Rebeca, ella se negó a r