NARRADOR:
El arma temblaba en la mano de Anton Lyon.
Sus ojos, desorbitados, pasaban de la sonrisa cruel de Prince a la cicatriz de su propia mano, allí donde unos dedos habían estado. El recuerdo de aquel dolor, de aquella mutilación, le heló la sangre.
—Llegó la hora de pagar, Anton —la voz de Prince era un susurro gutural, más peligroso que un grito —Este es tu fin, hay bestias a las que no debes despertar —Le dijo con una sonrisa sadica en su rostro.
Anton Lyon no respondió. La furia y