NARRADOR:
Nea sintió el aliento cálido en su oreja y se tensó, pero no gritó. La mano sobre su boca no era ruda; era un tanto protectora, aunque el olor a desinfectante la hizo erizar.
—Shhh. Soy yo, Princesa. Ya estoy cansado de las siestas forzadas.
Prince la soltó y se apartó, cerrando la puerta con el seguro y con mucho cuidado encendió la luz. Su rostro estaba pálido, y una vena palpitaba en su cuello, pero sus ojos estaban llenos de una intensidad salvaje. Vestía la ropa médica que había